domingo, 30 de agosto de 2015

San Francisco de Asís y el Orden Divino
      Había encontrado el tesoro que persiguiera durante algunos años: la armonía de su ánimo con Dios y con el mundo. De allí en adelante no volvió a intranquilizarlo ningún tipo de preocupación exterior; como un niño se entregó a la protección de Dios y hablaba con él, no como ante un espíritu muy lejano y nunca visto, sino como si se dirigiera a un padre presente, amoroso y familiar.

 
Francisco fue citado a comparecer ante el tribunal del obispo en un día establecido. Al llegar al lugar, obediente y contento, encontró allí reunida la ciudad entera por curiosidad y ganas de mofarse. Después de que su padre lo expulsara y desheredara con gran furia, el joven procedió de inmediato a quitarse humildemente sus ropas, que pertenecían al señor Bernardone, se las entregó, quedó desnudo allí de pie y declaró su propósito de reponder únicamente ante el Padre en el Cielo en el futuro.

Nadie se animó entonces a burlarse de él, y el obispo, asombrado por tanta valentía y fe, cubrió al desnudo con su propio manto.

Este fue el casamiento de Francisco con la sagrada pobreza.
Había encontrado el tesoro que persiguiera durante algunos años: la armonía de su ánimo con Dios y con el mundo. De allí en adelante no volvió a intranquilizarlo ningún tipo de preocupación exterior; como un niño se entregó a la protección de Dios y hablaba con él, no como ante un espíritu muy lejano y nunca visto, sino como si se dirigiera a un padre presente, amoroso y familiar.

Y así como de niño había sido un poeta, un soñador y un trovador, brotó ahora en su alma liberada un nuevo manantial, rebosante de alegrías y canciones. Sus canciones no fueron registradas por nadie, sólo una llegó hasta nosotros. Pero atravesaron los lejanos campos entonando el consuelo y las ganas de vivir en miles de corazones oprimidos, renovando el brío en los ánimos cansados y desalentados, penetrando hondo en los oídos del pueblo y encendiendo un ardor como pocos cantores lo han encendido jamás.
           Hermann Hesse - San Francisco de Asís